Frase del día

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Poemario de Roberto Peraso (Prólogo)


Lo que sigue pertenece a mi libro Barrilete Sin Viento.
La primera parte es el poemario de Roberto Peraso. En caso de que el lector no haya conocido u oído de semejante talento literario, yo -Gerardo Blanco- amigo del quía, me propuse escribir una breve biografía del autor. A posteriori publico algunos de sus mejores versos...

Nació en Berazategui, aunque él decía ser Porteño.
Es que antes de cumplir (de festejar no se hablaba) los diez años quedó huérfano de madre y padre. Al padre lo mató el vino barato con anterioridad a que Roberto (así le decían ya de pibe) empezara a balbucear. La madre, Doña Cata, se murió de aburrimiento. Se aburría de la vida misma. El hijo piensa -pensaba, es que a veces parece no haberse ido- según me confesó antes de la tragedia, en el Bar Pernambuco de la Calle Corrientes, que la madre habría de aburrirse de Cualquier cosa y en Cualquier Lado, incluso Allá Arriba...o Allá Abajo.
Edmundo Carriego, se lo encontró un día en la estación Berazategui y empezó a los gritos. Decía ser su tío. Un tío lejano e incomprobable, pero de cualquier forma un fulano que le dio refugio, con lo que eso implica. Un pedazo de chapa del Abasto que sofrenaba la lluvia y el viento, un plato caliente casi siempre. Y después más, un albergue para el espíritu. Edmundo lo crió hasta que Tito (así le decían ya de grandecito) tuvo treinta y dos años.

Trece meses más tarde, Roberto Peraso falleció.
Su historia fue intensa, principalmente porque él la sabía corta, de algún modo siniestro conocía hasta la hora de su partida y no le importaba. Otras cosas le valían la pena: Pombo, un perro sarnoso que lo seguía a todas partes y le contagió las pulgas más de una vez. Beatriz, que como su nombre lo indica fue una actriz muy bella que no se percató de la existencia de Roberto hasta el día en que éste se fue. Las voces le importaban. La de Carlitos (Gardel, claro), la suya propia -fue cantante de tango de buen timbre y mala entonación- y la voz de los amigos como el que suscribe.
Vivió al margen de las ataduras sociales, al margen de los ambientes intelectuales y al margen de la ley. "Soy un ladrón de versos" solía decir, cosa cierta como se verá, pero no menos veraz era que también se apropiaba de otros objetos ajenos con la sospechosa excusa de que al robarse un pañuelo de seda no se llevaba un pedazo de tela estampada, sino "la cosa en sí", razonamiento al que llegó luego de leer la contratapa de Ser y Tiempo de Heidegger.

Solía morirse a cada rato para resucitar un instante después, transfigurado. Sus estados de éxtasis podían prolongarse varios días en los que articulaba palabras ininteligibles de un idioma desconfiadamente inventado. Nunca nos hicimos mucho problema ante estos estados ya que El, ante nuestra preocupación, embanderaba un incierto Certificado de Salud expedido por un instituto cuya ubicación nunca pudimos hallar, quizás porque hubiesen cambiado el nombre de las calles o tal vez por piedad.
Trabajó como empleado administrativo y de aquella oficina de la calle Suipacha heredó la desenfrenada pasión por el coleccionismo: juntaba feriados, fines de semana, asuetos, paros generales, presuntas huelgas y dolores de estómago; todas geniales sustancias para amasar oportunos faltazos al lugar de trabajo. Eso no le impidió, empero, asistir puntualmente a billares y piringundines distribuidos en la noche porteña.

Pero, por sobre lo dicho, Roberto Peraso fue Poeta.
La mayoría de quienes lo trataron desconocieron su arte y su cadencia. Su lenguaje era una urdimbre de léxicos, dialectos y neologismos tan variados y permeables como las mujeres a las que frecuentaba. Si salía con una blonda despampanante y de ideas ligeras, adoptaba la actitud y
el idioma del cafisho; si su corazón latía por una morocha arrabalera, el lunfardo era su lengua y el maula su carácter. Empezó a escribir poemas tras una frustración amorosa que él ya intuía cuando comenzó y que se hizo patente el día que La vio salir de un bodegón de mala muerte con aires de Eva, atada a un Adán maltrecho y pobretipo con un tufo no precisamente a Paraíso. Cree quien suscribe que en el corazón del poeta, a pesar del desaire, aún puede leerse el nombre de Ella filigranado en oro.

De acuerdo a lo que él mismo reconociera en vida, su literatura se vio influida por autores y estilos de diverso y oscuro orígen: Góngora y Quevedo; Jhonson & Jhonson; Ortega y Gasset. La huella de estas grandes referencias literarias es tan notable como incierta. La suspicacia del lector audaz no dejará escapar el rastro de otras influencias como el sudor de la farra y el olor de la parra que destilan las páginas del autor. Los textos, de variado calibre, han sido reconstruidos de la infinita cantidad de notas, cuadernos, servilletas y papel higiénico que Roberto solía utilizar por la sutileza que aquellos soportes poseen para atraer la inspiración y los desechos. Estudió el profesorado de Letras, por correo. Cuando le pregunté por qué había escogido esa forma de estudio, me dijo que era una manera de auspiciar la comunicación epistolar, que estaba decayendo. También argumentó a su favor con una serie interminable de silogismos y falacias muy bien construidas, hasta que finalmente se despachó con un: "Lo que pasa es que me gusta la de la oficina postal. Estoy encandilado por su celeste mirada y su enorme trasero"

Los temas sobre los que glosan sus versos no son más que los de su propio existir. Un retrato mucho menos austero que estas pobres líneas. Cantar de su postrer mirada, que no hace más que narrarla, aburrida y embriagadora como su vida misma. Conforman esta breve antología relatos que difieren en su género mas no en su calidad: poemas, textos en prosa, pensamientos, frases hechas e incluye una serie de "Instrucciones" que bien valen un manual, una pesquisa policial y una pericia psiquiátrica.

Roberto Peraso murió en marzo de 1963 por una bala perdida que lo encontró, esperándola, en la Calle Treinta y tres orientales al 1200.

Gerardo Blanco

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